NOTA DE OPINIÓN

Pehuen Co: "Ser Naturaleza"

Medio Ambiente 19/12/2022 . Hora: 15:52

Por Prof. Patricia González Garza

A la memoria de mi Padre

 

Aunque ya pasaron más de cuatro décadas, aún retumba mi voz de niña pidiéndole a papá: ¿“vamos a la playa de las piedritas?”. Tengo la imagen de mi viejo quejándose por lo molesto de las rocas al ingresar al mar, en las bellas playas de Pehuén Co.

¿Quién hubiera dicho que años después, esas mismas piedritas, descubrieran un mensaje? Las ignitas del gliptodonte, la macrauquenia y el megaterio, son pruebas irrefutables de su existencia. Allí vivían, en un mar lejano, entre aguas tranquilas hace unos 12.000 años.

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Hoy el paisaje es bien diferente al que vieron nuestros predecesores. El mar se acercó, la megafauna se extinguió, no sin antes dejar estampadas sus huellas en el paso por estas tierras, para recordarnos que, además de que no somos ni la mejor especie, ni la única, mucho menos fuimos los primeros. La especie humana ocupa apenas un suspiro en el tiempo geológico.

Tampoco el paisaje es el mismo de mi infancia. El camino de ingreso dio lugar al asfalto, la comunidad se acrecentó, los límites urbanísticos fueron ampliándose y aumentaron los servicios. Pehuén Co creció.

Sin embargo, cuando se camina por estas playas, atento al entorno, aún se pueden encontrar estrellas de mar entre las rocas, algún cangrejo ermitaño ocupando un caracol para compensar la falta de exoesqueleto, un pulpito desovando huevos y así asegurar su supervivencia, entre muchas otras biodiversidades.

Por allí yendo hacia el este, nos encontramos con el alambrado, uno de los límites de la Reserva Provincial, también sobreviviendo a los avatares de las mareas y los imprudentes cortes clandestinos. ¿Su objetivo? Evitar que el tránsito vehicular destruya ese mensaje impreso en las huellas fosilizadas de la megafauna extinta y recuperar un derecho milenario: el de la supervivencia de los cientos de crustáceos, de los nidos de las aves playeras, de las lobitos marinos que salen a descansar y de los médanos vivos que guardan en su interior el tesoro más grande que pudiéramos ambicionar: el agua dulce. 

Somos naturaleza. Somos el sol que nos despierta, la luna que nos descansa, el agua, el río, los montes, somos diversas y diversos, únicas y únicos, somos raíz y tallo. Pero también somos cultura. Somos ese patriarcado que destruye la tierra y a la vez ese conservacionismo latinoamericano que la protege, somos esos defensores acérrimos del capitalismo que excluye, pero también esa comunidad que respeta las diversidades. Somos muchas cosas y algunas contradictorias entre sí. 

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¿Como equilibrar la balanza hacia una mirada sustentable, hacia una conexión respetuosa con el ambiente y con el/la otro/a?

Si pudiéramos, al menos, encontrarnos comunitariamente desde una perspectiva ambiental y en clave de inclusión, como parte (y no aparte) de todo tipo de diversidades: sociales, sexuales, culturales y diversidades de especies, tal vez allí logremos recorrer juntos un camino que respete toda forma de vida.

Las especies están desapareciendo en el mundo a una velocidad mil veces mayor que la geológica, los emprendimientos inmobiliarios remueven arenas y desplazan fauna ya en peligro, el tránsito vehicular por las playas acelera la erosión, la acumulación de residuos no para.

Necesitamos reescribir narrativas holísticas en relación al vínculo entre el ser humano y la naturaleza que de alguna manera busque contrarrestar estos efectos y promover un activismo que alce las voces contra la depredación en todas sus formas.

Un activismo que destierre ideas únicas, universales y hegemónicas que nos descaracterizan, nos oprimen y oprimen la tierra. Debemos levantar las banderas por una sociedad cada vez más justa, equitativa, diversa y sustentable. Porque la sustentabilidad es también justicia social. Los problemas ambientales nos afectan a todos/as, pero no a todos/as por igual.

Se hace urgente salir de la visión del ser humano no solo como centro, sino como un ser exterior a la naturaleza, dominante. Una visión que no es neutral y se sigue sosteniendo en algunas esferas como una forma de justificar la depredación sin que se asuman sus consecuencias, tanto ambientales como sociales. Estamos caminando hacia nuestro exterminio como humanidad y con ello arrastramos a más de un millón de especies, que ya están amenazadas.

Necesitamos integrar la justicia ambiental con la justicia social. Abrazar la tierra y los feminismos, la multiplicidad de especies y de diversidades sociales. Conmovernos tanto por las heridas de los ecosistemas como por las de quienes padezcan las consecuencias de ellas.

Hacer cosas pequeñas como caminar, en lugar de transitar las playas, tomar una foto en lugar de un caracol, cuidar los médanos en lugar de depredarlos, en definitiva, preguntarnos qué estamos dispuestos a no hacer para preservar la naturaleza. Pero también debemos generar grandes movimientos, que se opongan a esta destrucción sistemática. A este ecocidio. 

Se hace necesario hacer todo esto y mucho más. Y tiene que ser pronto. No nos queda mucho tiempo. Porque como dijo el poeta Pablo Neruda: “el mar es duro y llueve sangre”.

 

Prof. Patricia González Garza / Presidente de Silice.ong (instagram: @ong_silice)

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