Descubren que los árboles urbanos pierden microbios beneficiosos y ganan bacterias dañinas por el estrés de la ciudad
Científicos detectan pérdida de hongos aliados y aumento de patógenos en árboles urbanos, afectando su salud y la resiliencia de las ciudades.
Las ciudades respiran a través de los árboles. Refrescan las calles, filtran el aire, calman la mente. Pero detrás de su corteza y bajo sus raíces, vive un mundo invisible que suele pasar desapercibido: los microbiomas arbóreos. Estas comunidades microbianas no son un simple detalle biológico. Son el motor silencioso de la salud de los árboles y, por extensión, del equilibrio ecológico urbano.
Con el aumento del calor extremo, la sequía y la contaminación, los aliados microbianos de los árboles se ven sometidos a una presión creciente. Y eso tiene consecuencias concretas.
Por qué importa el microbioma de los árboles
Cada árbol es hogar de miles de especies de bacterias, hongos y otros microbios que regulan el crecimiento, el intercambio de nutrientes y la resistencia a enfermedades. Su rol en procesos como la fijación de carbono, la descomposición o el ciclo de nitrógeno es fundamental.
Pero en las ciudades, esas relaciones simbióticas se alteran. Las condiciones artificiales, como el suelo compactado, la falta de humedad, el exceso de sal o los contaminantes, modifican radicalmente el equilibrio microbiano.
Los árboles ya no solo compiten con el cemento por espacio y agua: también están perdiendo a sus aliados más fieles.

Árboles urbanos: menos hongos buenos, más bacterias malas
El equipo de investigación liderado por el laboratorio Bhatnagar en la Universidad de Boston detectó una pérdida clara de hongos ectomicorrícicos en los árboles urbanos. Estos hongos forman redes subterráneas que amplifican la capacidad de los árboles para absorber agua y nutrientes, además de fortalecer su sistema inmunológico.
A cambio, aparecen bacterias oportunistas, algunas de ellas capaces de emitir óxido nitroso (N₂O), un gas con potencial de calentamiento global 300 veces mayor que el dióxido de carbono.
Y aunque esto parece alarmante, hay margen de maniobra: muchos de estos cambios están directamente ligados a factores controlables, como la calidad del suelo o la gestión hídrica.
Un ejemplo claro: al comparar robles urbanos con sus equivalentes en bosques, se observó que los primeros tenían menos diversidad fúngica y una mayor presencia de patógenos. Esta señal de alerta se repite en especies similares que dependen de simbiosis profundas, lo que invita a repensar la selección de especies para entornos urbanos.
Lo que está en juego: salud de los árboles, salud urbana
La expansión urbana es imparable. Para 2050, se espera que las ciudades dupliquen su superficie. Pero nuestra comprensión de sus ecosistemas sigue siendo limitada.
Si no se protegen los microbiomas arbóreos, los árboles urbanos serán menos resistentes, vivirán menos y ofrecerán menos beneficios. Menos sombra, menos captura de CO₂, menos filtrado de contaminantes. El impacto no es solo ecológico: también es social y sanitario.
La pérdida de funciones ecosistémicas podría amplificar desigualdades urbanas, sobre todo en barrios con menos cobertura vegetal y mayor vulnerabilidad climática. Por eso, integrar la microbiología en el urbanismo no es un lujo académico: es una necesidad urgente.

Cómo fortalecer la microbiota arbórea en ciudades
La buena noticia es que pequeñas acciones pueden generar grandes efectos. Mantener la humedad del suelo, reducir el tráfico rodado cerca de los árboles, evitar el uso excesivo de productos químicos y aplicar mulch orgánico son medidas simples pero efectivas.
Además, existen iniciativas pioneras como la de «rewilding microbiano», que busca reintroducir hongos beneficiosos en suelos urbanos degradados. El laboratorio de Bhatnagar ya está llevando a cabo ensayos en este sentido, con resultados prometedores.
También avanza el desarrollo de modelos predictivos que cruzan datos ambientales con dinámicas microbianas para detectar zonas críticas y anticipar problemas. Esta información puede guiar políticas públicas más precisas, como definir qué calles necesitan más cobertura verde o qué especies plantar según el estado del suelo.
En ciudades como Múnich, Melbourne o Medellín ya se están incorporando criterios ecológicos más complejos al diseño urbano, incluyendo la salud del suelo como variable clave. No es ciencia ficción: es gestión ambiental avanzada.

Cómo puede contribuir la ciudadanía
La ciencia puede guiar, pero sin acción colectiva, todo queda en papel. Cuidar un árbol en la vereda, mantenerlo hidratado, aplicar mulch o evitar pisar el suelo a su alrededor ayuda a proteger su microbioma. Y eso se traduce en árboles más longevos, resistentes y útiles.
También es clave reclamar políticas verdes más ambiciosas, desde presupuestos para el arbolado urbano hasta programas de monitoreo del suelo. La presión ciudadana ha logrado avances en varias ciudades: desde moratorias al uso de glifosato hasta planes de forestación con criterios de biodiversidad.





