El temor bonaerense a la Autonomía Municipal: Entre la libertad que asusta y los liderazgos mesiánicos
Por Luis Gotte
Hay una pregunta incómoda que, lamentablemente, pocos bonaerenses nos hacemos: ¿por qué una provincia que podría constituirse como una verdadera potencia regional -una de las tierras productivas más ricas del planeta- teme tanto a la autonomía municipal, mientras se entrega con docilidad a discursos mesiánicos y a predicadores mediáticos sin arraigo territorial? La respuesta no puede ser superficial. Exige una mirada bonaerense, profunda, donde se entrecruzan historia, política, psicología social y una persistente tradición de centralismo que ha moldeado nuestra subjetividad colectiva.
Erich Fromm, en El miedo a la libertad, advertía que las sociedades no siempre buscan emanciparse: muchas veces huyen de la libertad. La libertad implica responsabilidad, organización, participación, conflicto democrático y compromiso comunitario. La libertad obliga a decidir. Y decidir angustia. Cuando esa angustia se vuelve estructural, los pueblos tienden a refugiarse en figuras fuertes, relatos simplificadores y promesas de orden. No por ingenuidad, sino por cansancio. Porque la incertidumbre pesa más que la esperanza cuando no hay horizontes colectivos claros.
La provincia de Buenos Ayres arrastra ese dilema desde hace décadas. La autonomía municipal -una herramienta concreta para liberar la energía productiva, institucional y cultural de cada comunidad- aparece como un salto al vacío. Supone asumir que el destino no depende exclusivamente de la voluntad del gobernador de turno, sino de la capacidad organizativa del propio pueblo. Supone aceptar que la riqueza bonaerense no se construye desde arriba, sino desde abajo: desde los municipios, las economías locales, las instituciones intermedias y el entramado social que da vida a cada territorio. Sin embargo, esta idea choca con una cultura política que acostumbró a los bonaerenses a esperar soluciones externas, verticales, casi providenciales.
En ese vacío prosperan los discursos mesiánicos, salvíficos y redentores. No porque sean sólidos, sino porque alivian. Prometen orden sin esfuerzo, salvación sin organización y prosperidad sin planificación. Funcionan como su equivalente religioso: respuestas inmediatas a problemas complejos. No exigen comunidad, exigen fe. No convocan a la participación, reclaman obediencia. No promueven autonomía, fomentan dependencia.
El resultado es una paradoja dolorosa: los bonaerenses desconfían de la autonomía municipal -la forma más cercana y concreta de libertad política- pero confían en voces ajenas al territorio, a su historia y a sus necesidades reales. Temen al federalismo, pero aceptan sin resistencia la centralización que los empobrece. Rechazan la responsabilidad local, pero abrazan la ilusión de que un líder iluminado resolverá aquello que solo un pueblo organizado puede transformar.
La autonomía municipal no es un capricho ideológico ni una consigna académica: es la base material del desarrollo provincial. Las regiones más prósperas del mundo son aquellas donde los municipios tienen poder real: recaudan, planifican, deciden, producen e innovan. La felicidad de los pueblos bonaerenses no llegará por decreto, sino por la capacidad de cada comunidad de ponerse en movimiento y, como engranajes vitales, hacen girar la gran rueda de la Patria. Para ello se requiere un cambio cultural profundo: pasar de la dependencia a la responsabilidad, de la espera a la acción, de la fe pasiva a la organización activa.
El desafío bonaerense del S. XXI no es meramente económico ni estrictamente político: es, ante todo, psicológico y cultural. Es superar el miedo a la libertad que describía Fromm. Comprender que la autonomía no es un riesgo, sino una oportunidad. Que el federalismo no es una amenaza, sino la condición de nuestra grandeza. Y que ningún liderazgo mesiánico puede reemplazar la fuerza histórica de un pueblo organizado.
Cuando los bonaerenses comprendan que la libertad no es un salto al vacío sino un camino colectivo, la provincia dejará de ser un gigante dormido, mendicante y empobrecido. Entonces, Buenos Ayres será finalmente lo que siempre debió ser: una comunidad de comunidades, capaz de gobernarse, producir y soñar sin tutelas.
Luis Gotte
Mar del Plata
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Coautor de Buenos Ayres Humana I: la hora de tu comunidad (Ed. Fabro, 2022); Buenos Ayres Humana II: la hora de tus intendentes (Ed. Fabro, 2024); y en preparación: Buenos Ayres Humana III: La Revolución Bonaerense del Siglo XXI, las Cartas Orgánicas municipales; y, Buenos Ayres Humana IV: Junín, capital de los bonaerenses.





