A 40 años de la partida de Edmundo Rivero: la voz que le puso el alma al lunfardo y el cuero al tango
Se cumple el 40° aniversario del fallecimiento del "Feo", el barítono que desafió los cánones de su época para convertirse en el máximo exponente del tango "varón". Un repaso por la vida del hombre que fundó El Viejo Almacén y llevó la lengua de los bajos fondos a la inmortalidad.
Un 18 de enero de 1986, el tango perdía su registro más profundo. A cuatro décadas de aquel adiós, la figura de Edmundo Rivero emerge no solo como un recuerdo, sino como un pilar fundamental de la identidad porteña. Poseedor de un registro de voz inusual para un género dominado por tenores, Rivero logró que la aspereza y la elegancia convivieran en una misma estrofa.
El barítono que rompió el molde
Nacido en Valentín Alsina en 1911, Rivero no tuvo un camino fácil. En sus inicios, muchos directores de orquesta lo rechazaban porque su voz era "demasiado grave". En un mundo de voces agudas y cristalinas, su tono de barítono bajo resultaba extraño, casi amenazante para la estética de la época.

Sin embargo, fue su físico y su impronta lo que terminó por imponerse. De tez morena, manos inmensas (producto de una acromegalia que él llevaba con hidalguía) y una presencia imponente, Edmundo no solo cantaba el tango: lo encarnaba. Su fisonomía, a menudo llamada "atigrada", era el reflejo perfecto de ese Buenos Aires que se estaba transformando.
El encuentro con Troilo: la consagración
El punto de inflexión en su carrera ocurrió en 1947, cuando Aníbal "Pichuco" Troilo lo convocó para su orquesta. Troilo, un visionario, entendió que la voz de Rivero era el contrapunto perfecto para su bandoneón. Juntos grabaron versiones definitivas de clásicos como "Sur", "El último organito" y "Cafetín de Buenos Aires".

Rivero no era solo un intérprete de orquesta; era un músico integral. Su formación como guitarrista clásico le permitió acompañarse a sí mismo con una sofisticación rítmica que pocos cantores poseían. Sabía cuándo "decir" el tango y cuándo dejar que la melodía hablara.
El Guardián del Lunfardo y de la Tradición
A diferencia de otros artistas que buscaban "ablandar" el lenguaje para las clases altas, Rivero fue un ferviente defensor del lunfardo. Se convirtió en el máximo exponente del tango reo y de las letras de los bajos fondos. En 1969, dio un paso histórico al fundar "El Viejo Almacén" en el barrio de San Telmo, un refugio que hasta el día de hoy se mantiene como el templo del tango por excelencia.
"Yo no canto para que me escuchen, sino para que me entiendan", solía decir el hombre que hizo del lunfardo una lengua académica y del sentimiento una técnica de respiración.
Su legado musical se materializa en un puñado de obras que quedaron grabadas a fuego bajo su sello inconfundible. En piezas como "Malena", de Homero Manzi, Rivero entregó una de las versiones más crudas y sentidas del cancionero popular, mientras que con "El Ciruja" dio una verdadera clase magistral de lunfardo puro y dominio del lenguaje callejero. La inmortalidad le llegó de la mano de Aníbal Troilo con "Sur", convertida desde entonces en el himno definitivo de la nostalgia porteña; y en composiciones de poética reaccionaria como "Las diez de última", el "Feo" hizo gala de su estilo "decidor" y su rítmica impecable, demostrando que el tango, en su voz, no solo se cantaba, sino que se vivía como un relato eterno de la ciudad.
Un vacío que aún resuena
Edmundo Rivero falleció a los 74 años, dejando un vacío que nadie ha podido llenar. No surgió otro cantor con esa mezcla de potencia física y sensibilidad poética. Hoy, a 40 años de su muerte, escucharlo es volver a caminar por las calles de una ciudad que él describió mejor que nadie. Su voz sigue siendo el bajo que sostiene la estructura de nuestra música nacional.





