Primero como tragedia, después como farsa: la profecía cumplida de Karl Marx
"La historia ocurre dos veces: la primera vez como una tragedia y la segunda como una farsa". La sentencia de Karl Marx, escrita hace más de 170 años al comienzo de El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, resuena hoy con una frescura inquietante. En un mundo donde la política parece haberse convertido en un espectáculo de variedades, dominado por figuras mediáticas y discursos polarizantes, volver a la obra del filósofo alemán no es un ejercicio de nostalgia académica, sino una herramienta de urgencia para entender nuestro presente.
El eco de dos Bonapartes
Para entender la advertencia de Marx, hay que mirar atrás. El pensador alemán corregía a Hegel —quien decía que la historia se repite— agregando el matiz cualitativo.
El primer acto fue la tragedia: El 18 de brumario (9 de noviembre de 1799), Napoleón Bonaparte dio el primer golpe de Estado moderno. Puso fin a la Revolución Francesa, enterrando ideales utópicos bajo la bota militar, pero consolidando un cambio estructural innegable: el fin del feudalismo y el ascenso de la burguesía. Fue un drama épico, con consecuencias gigantescas para Europa.
El segundo acto fue la farsa: Medio siglo después, en 1851, su sobrino Luis Bonaparte (Napoleón III), un hombre que Marx describe como un "personaje mediocre y grotesco", disolvió la Asamblea Nacional francesa y se proclamó emperador. No hubo épica, sino una parodia. Luis Bonaparte no cambió la estructura; simplemente aprovechó el caos para un autogolpe, usando el apellido de su tío como franquicia política.
El "Lumpenproletariado" y los votantes del Siglo XXI
Aquí es donde el texto de 1852 se vuelve un espejo de la actualidad mundial. Marx introduce un concepto clave para explicar cómo un líder mediocre logra el poder total: el apoyo del "lumpenproletariado".
En el siglo XIX, este grupo estaba formado por los sectores marginados, vagabundos y desclasados que, seducidos por promesas vacías y prebendas, apoyaron el autoritarismo de Luis Bonaparte.
Si trasladamos esto a la actualidad política mundial, la analogía es escalofriante. Hoy vemos en múltiples democracias occidentales (desde Europa hasta América) el ascenso de líderes populistas que se erigen en "jefes de los desclasados".
No se trata ya del "lumpen" victoriano, sino de una nueva masa de desencantados del sistema: clases medias empobrecidas, trabajadores desplazados por la tecnología y jóvenes sin futuro que sienten que la democracia liberal les ha fallado. Al igual que Luis Bonaparte, los líderes actuales —a menudo outsiders o figuras del espectáculo— canalizan esa frustración no con programas políticos reales, sino con una retórica incendiaria contra la "casta" o las élites, prometiendo un retorno a glorias pasadas que, a menudo, nunca existieron.
El autogolpe moderno: La muerte de la democracia desde adentro
Marx señaló que Luis Bonaparte cometió un "autogolpe" siendo presidente para convertirse en emperador. Hoy, la historia se repite, pero con nuevas tácticas.
Ya no vemos tantos tanques en las calles (la tragedia), sino el desmantelamiento institucional desde el poder ejecutivo (la farsa). Presidentes electos democráticamente que, una vez en el poder, atacan al congreso, cooptan la justicia y deslegitiman a la prensa.
Marx escribía: "Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos". Hoy, esas circunstancias son la desigualdad económica rampante y la crisis de representación. En este caldo de cultivo, figuras que en otro contexto serían consideradas "grotescas" (por sus modales, sus mentiras flagrantes o su histrionismo en redes sociales) logran, como decía Marx sobre Napoleón III, "representar el papel de héroe".
¿Estamos condenados a la farsa?
La lectura de El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte nos deja una lección final. El golpe de Luis Bonaparte triunfó porque la sociedad estaba exhausta y dividida, dispuesta a cambiar libertad por un orden ilusorio.
Al observar el panorama mundial actual, con el auge de nacionalismos y la fragilidad de las repúblicas, la advertencia es clara: cuando olvidamos que la política debe ser transformación y no solo espectáculo, corremos el riesgo de quedar atrapados en la farsa. Y como demostró el siglo XIX, las farsas pueden ser tan destructivas como las tragedias.
Por Julia López





