El caso de la nutria en Bahía Blanca y el peligro de la "justicia" alimentada por el algoritmo
Cómo un repudiable acto de crueldad animal activó el panóptico moderno y el lucrativo engranaje del odio tecnofeudal.
La viralización de un video donde dos jóvenes matan cruelmente a una nutria desató una ola de indignación colectiva. Sin embargo, la posterior escalada de violencia en redes sociales —que incluyó escraches a familiares inocentes y pedidos explícitos de pena de muerte— expone una patología contemporánea alarmante: el resurgimiento de la plaza pública medieval, ahora potenciada por algoritmos que facturan con nuestra furia moral.
Los hechos se sucedieron con la velocidad vertiginosa propia de la era de la hiperconectividad. En el transcurso de los últimos días, un video filmado por los propios protagonistas comenzó a circular por grupos de WhatsApp y perfiles de redes sociales. Las imágenes, de una crudeza explícita, muestran el momento exacto en el que dos jóvenes agreden y dan muerte a un coipo (especie de nutria) en la ciudad de Bahía Blanca. La crueldad gratuita del acto, sumada a la morbosa decisión de registrarlo en video, encendió una mecha instantánea en la comunidad.
Lo que vino después es una cronología conocida pero cada vez más desmedida. En cuestión de minutos, el video saltó las fronteras locales para volverse tendencia. La indignación, plenamente justificada en su origen, no tardó en mutar en una cacería humana digital. Identidades filtradas, direcciones expuestas, números de teléfono publicados y un desborde de comentarios que exigían desde torturas físicas hasta la pena de muerte para los jóvenes. El clímax del linchamiento se alcanzó cuando la horda virtual redirigió sus ataques hacia los padres y comercios vinculados a las familias de los implicados, dictando una condena social absoluta e irreversible sin intermediación judicial.
El suplicio público en la era del smartphone
En su célebre obra de 1975, Vigilar y castigar, el filósofo francés Michel Foucault describía cómo en el Antiguo Régimen los criminales eran descuartizados en la plaza pública. El objetivo del monarca no era corregir al delincuente, sino montar un espectáculo de destrucción física para reafirmar su poder absoluto ante el pueblo. Foucault argumentaba que la modernidad había superado esa barbarie al crear la prisión: un espacio cerrado orientado, al menos en teoría, a corregir el "alma" y disciplinar el cuerpo de manera racional.
El fenómeno desatado en Bahía Blanca demuestra que las redes sociales han provocado una involución de tres siglos. Hemos regresado a la lógica del suplicio. Ante la inacción o los tiempos de la justicia formal, el usuario digital se erige en verdugo. El escrache y el linchamiento virtual no buscan la reeducación de los jóvenes, el resarcimiento del daño ambiental o la concientización sobre el maltrato animal. Buscan el goce punitivo, el espectáculo de la aniquilación civil del otro. La lapidación ya no es con piedras; es con bytes.
Aquí es donde se activa lo que podríamos llamar un "panóptico invertido": si en la prisión foucaultiana un solo guardia vigilaba a miles de reclusos desde una torre oculta, el entorno digital funciona al revés. Aquí, dos personas cometen un error o un delito, lo registran en sus dispositivos y se exponen voluntariamente a las miradas de millones de guardias improvisados: los propios usuarios, quienes dictan sentencia en cinco minutos sin debido proceso ni derecho a la defensa.
Los siervos de la nube y la economía del odio
Para comprender por qué la reacción social adquirió dimensiones tan desproporcionadas, es indispensable cruzar la mirada sociológica con la economía política actual. Es aquí donde emerge el concepto de tecnofeudalismo, acuñado por teóricos contemporáneos como Yanis Varoufakis. Según esta tesis, el capitalismo tradicional ha mutado: los mercados abiertos han sido sustituidos por plataformas cerradas —verdaderos feudos digitales— cuyos dueños (las Big Tech de Silicon Valley) extraen riquezas no a través de la producción, sino del cobro de rentas por el uso de su infraestructura.
En este nuevo orden, los usuarios comunes actuamos como "siervos de la nube". Trabajamos gratis para las plataformas cada vez que subimos contenido, comentamos o interactuamos, alimentando un algoritmo cuyo único objetivo es retener nuestra atención para vender publicidad. ¿Y cuál es la materia prima más barata y efectiva para capturar la atención humana? La indignación, el horror y la furia moral.
La desproporción en el caso de la nutria de Bahía Blanca no es un accidente biológico de la psicología de masas; fue una consecuencia estructural. El algoritmo tecnofeudal detecta el video de la matanza y, en lugar de apaciguar las aguas, distribuye prioritariamente los comentarios más violentos, los pedidos de muerte y los datos filiatorios de los jóvenes. El sistema premia al usuario más radicalizado otorgándole mayor visibilidad y "likes". La indignación colectiva genera millones de clics, interacciones y tiempo de pantalla; en definitiva, aumenta la renta del señor feudal. Las corporaciones tecnológicas facturan con nuestro canibalismo social.
Hacia una respuesta superadora: Corregir en lugar de linchar
La conducta de los jóvenes oriundos de Huanguelén es penal y moralmente reprochable. En Argentina, la Ley de maltrato animal establece penas para quienes ejecuten estos actos de crueldad. La justicia debe intervenir y aplicar las sanciones correspondientes. Sin embargo, el periodismo y la sociedad civil tienen la obligación de trazar una línea divisoria tajante entre la justicia y la venganza automatizada.
Una comunidad que exige la muerte de dos adolescentes por la muerte de un animal —por más dolorosa que resulte— es una comunidad atrapada en una trampa punitivista. El desafío radica en desactivar el dispositivo del linchamiento y exigir mecanismos de justicia restaurativa: trabajos comunitarios en reservas naturales, educación ambiental obligatoria y abordajes psicológicos que permitan desarmar la violencia subyacente en esos jóvenes. Destruir sus vidas y arrastrar a sus familias al ostracismo no salvará a ninguna otra especie; solo nos consolidará como una sociedad dócil, domesticada y funcional al negocio de la furia digital.




