A 40 años de la muerte de Jorge Luis Borges: el eco infinito de un laberinto que sigue descifrándose
Ayer, 14 de junio se cumplieron cuatro décadas del fallecimiento del escritor argentino más universal. Un recorrido por su legado imperecedero, los homenajes globales, el estado de sus derechos hereditarios y las frases que continúan definiendo la memoria, el amor y el tiempo de sus lectores.
"Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo". Cuarenta años después de que esa y tantas otras líneas quedaran fijadas para siempre en el canon de la literatura universal, el tiempo parece no haber transcurrido para la figura de Jorge Luis Borges. Ayer, 14 de junio, se cumplieron exactamente cuatro décadas desde que el célebre autor de Ficciones y El Aleph cerrara los ojos por última vez en Ginebra, Suiza, a los 86 años. Sin embargo, su presencia en las letras hispanas y globales se mantiene más viva, discutida y necesaria que nunca.
Consolidado como uno de los autores más influyentes del siglo XX y un referente ineludible de la cultura latinoamericana, este aniversario redondo ha encendido una serie de homenajes que se extienden desde las calles de Buenos Aires hasta el viejo continente, demostrando que sus laberintos, espejos y tigres habitan en la inmortalidad.
El renacer en Ginebra y el mapa de los homenajes
Aunque su corazón siempre buscó a Buenos Aires —"como el pájaro busca su nido", según describen sus allegados—, el destino quiso que sus restos descansaran en el Cementerio de los Reyes en Plainpalais, la tumba más visitada del lugar. Precisamente allí, en Ginebra, las conmemoraciones alcanzaron un punto álgido con la presentación en la Maison Rousseau et Littérature del volumen ilustrado Borges, la colección, una minuciosa recopilación de manuscritos, cartas, primeras ediciones y objetos personales preservados por Alejandro Roemmers y Alejandro Vaccaro.
En el acto, matizado por el sempiterno debate sobre el destino final de sus restos, estudiosos como Roberto Alifano evocaron la obsesión de Borges por corregir sus propios textos incluso décadas después de haber sido editados. "Soy el dueño de este texto y tengo derecho a mejorarlo", solía argumentar el escritor con su ironía característica.
Un legado en manos de una nueva generación
Más allá de lo estrictamente literario, los 40 años de la partida del escritor encuentran a su patrimonio en un momento de transición institucional y legal. Tras el fallecimiento en 2023 de María Kodama, su viuda y celosa guardiana de su obra, los derechos e intereses comerciales de Borges fueron adjudicados tras intensas controversias a sus cinco sobrinos (los hijos de su hermano Jorge: Mariana, Martín, María Victoria, Matías y María Belén).
Hoy, el legado es un hecho consumado y cuatro de ellos integran el Consejo de Administración de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges. Desde la mítica casona vecina al sitio donde el autor concibió "Las ruinas circulares", la nueva dirección busca abrir la obra borgeana a las nuevas plataformas del siglo XXI, enfrentando el enorme desafío de administrar una herencia cultural que pertenece a toda la humanidad.
El "quimérico museo" de sus palabras
Borges, quien fuera nominado al Premio Nobel de Literatura en ocho ocasiones —un galardón que nunca recibió pero que tampoco necesitó para validar su grandeza—, sigue dialogando con el presente a través de sentencias que operan como verdades filosóficas. En un mundo sobreestimulado por la inmediatez, revisar su ideario se vuelve un ejercicio de resistencia intelectual.
Sus reflexiones más célebres continúan resonando en las aulas, los libros y las redes sociales:
- Sobre la identidad: "Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos".
- Sobre el destino: "He cometido el peor pecado que uno puede cometer. No he sido feliz".
- Sobre el desamor y la superación: "Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón".
- Sobre la condición humana: "El peor laberinto no es esa forma intrincada que puede atraparnos para siempre, sino una línea recta única y precisa".
A cuatro décadas de su partida física, la literatura actual sigue atrapada de manera voluntaria en el laberinto borgeano. Su amigo Adolfo Bioy Casares relató alguna vez que, en sus últimos días en aquella casa sin número de la Grande Rue de Ginebra, Borges sintió llegar el final, pero también se dio el espacio para reír y cantar tangos. Quizás porque sabía que la muerte, para un hombre que hizo de la ficción una forma de la historia, no era más que el inicio de su infinito mapa de lectura.



