Ligeros de equipaje: el noble gesto de ordenar la vida antes de partir
Organizar nuestras pertenencias para los que quedan puede ser la oportunidad de mirar la propia vida, elegir qué soltar y cómo queremos ser recordados.
Cajas repletas de fotos. Carpetas llenas de boletas que se guardaron “por las dudas”. Cartas, tickets de pagos, guías telefónicas, cuadernos escolares, y hasta los dientes que alguna vez (no) se llevó el Ratón Pérez. Claves bancarias anotadas por ahí, la escritura de la casa, vajilla heredada, ropa, muebles. Y más papeles para clasificar.
Ordenar una vida puede llevar semanas e incluso meses. Es probable que no dimensionemos todas las decisiones que deberán tomar nuestros hijos o familiares cuando ya no estemos. Porque no se trata sólo de vaciar una casa. Hay que revisar documentos, cancelar servicios, catalogar recuerdos, decidir qué guardar, donar o descartar. Así, lo que durante años se postergó por falta de tiempo o apego emocional, termina convirtiéndose en una tarea abrumadora para quienes atraviesan el dolor de una despedida.
“Me tocó vaciar la casa de mis padres y de algunas tías. Es un trabajo muy difícil y agotador, porque hay que saber distinguir qué guardar y qué dejar ir. Da mucha pena… y también culpa. Sentimos que estamos borrando un fragmento de la historia de alguien. La tarea obliga a tomar decisiones prácticas en medio del duelo, cuando las emociones todavía están a flor de piel”, cuenta Liliana (62) sobre una experiencia que, cuando la muerte sorprende o llega demasiado temprano, es imposible evitar. Pero que sí se puede prever en tanto nos vamos haciendo mayores.
Volver a mirar
Aunque no existen fórmulas para atravesar las pérdidas, algunas culturas podrían servirnos de inspiración a la hora de prepararnos para el final de la vida. En Suecia, por ejemplo, se considera que hacer una limpieza antes de la muerte (se conoce con el nombre de döstadning), es un acto de amor hacia quienes se quedan. En el caso de Japón, los adultos mayores practican el orden y la simplificación de sus pertenencias, para evitar cargar a los hijos con la responsabilidad de limpiar o gestionar sus posesiones en el futuro. Esta práctica, llamada shūkatsu, refleja una hermosa cultura de responsabilidad personal y consideración hacia los demás.
Kazuyo Natsume, artista nacida en Japón y radicada en la Argentina, que acaba de lanzar el libro Escamas de una japonesa (sello Tendencias de Ediciones Urano), cuenta: “Muchas personas comienzan a organizar sus pertenencias y asuntos personales cuando atraviesan cambios como la jubilación, el matrimonio de sus hijos o la pérdida de su compañero/a. Es una oportunidad para reflexionar sobre cómo desean vivir la próxima etapa de sus vidas”, reflexiona Natsume. Y agrega: “Hay quienes reducen la cantidad de objetos, organizan documentos, expresan sus deseos respecto de la atención médica o funeral, e incluso preparan un testamento. Es un proceso que invita a reflexionar sobre lo que realmente importa”.
Como detalla Natsume en su libro, la cultura japonesa es, en gran medida, una cultura de la gratitud. Y en este caso, el shūkatsu refleja profundamente este valor. Porque —en palabras de la autora—, “al desprendernos de lo superfluo, nos acercamos a lo esencial y aprendemos a vivir de una manera más simple y consciente”.
Laura Krochik, consultora en crianza y vínculos, asegura que, sin dudas, estas prácticas se refieren a mucho más que al orden de objetos. “Hablan de amor, de responsabilidad y de la forma en que elegimos habitar nuestros vínculos. En general pensamos que heredar es recibir una casa, muebles o fotos. Pero también se heredan silencios, conflictos no resueltos, culpas y secretos. Por eso me parece una práctica profundamente valiosa. No porque haya que vivir pensando en la muerte, sino porque tener presente que somos finitos puede ayudarnos a vivir con más conciencia”, señala.
¿De eso no se habla?
Aunque todos sabemos que la muerte forma parte de la vida, hablar de ella sigue siendo uno de nuestros grandes tabúes. Mucho más cuando la conversación involucra herencias, pertenencias o decisiones que preferimos postergar. El doctor Sebastián Figueroa Dunn, director médico del Centro Los Pinos, una institución que ofrece hospice y hogar para personas mayores, explica que el orden en el final de vida es fundamental. Pero reconoce que como en nuestra sociedad la muerte está asociada al temor a lo desconocido, a la ausencia y al dolor, se vuelve más difícil.
Por su parte, Viviana Bilezker, presidenta de la Asociación El Faro —dedicada al acompañamiento en el final de vida— asegura: “Es importante saber que hablar de la muerte no la adelanta ni la convoca, sólo la reconoce y la integra”. De todas formas, la especialista aclara que muchas personas no están preparadas para sentirlo así: “La negación de la muerte parece una ilusión de inmortalidad. Para dejar ordenadas las pertenencias y los papeles es necesario imaginarse ausentes y eso a veces resulta inconcebible”.
Pero, ¿por qué los objetos son tan importantes? ¿Qué depositamos en ellos? “Para muchas personas representan etapas de su vida, vínculos importantes o versiones de sí mismas que temen perder. Una carta, una agenda o la ropa, rara vez son solamente eso. Los seres humanos cargamos en los objetos recuerdos, identidad, afectos, logros, duelos y pertenencia. Por eso desprenderse puede resultar tan difícil. No sólo guardamos cosas: intentamos conservar parte de nuestra historia”, dice Krochik.
Figueroa Dunn agrega: “Creo que los objetos y bienes nos atan a la tierra. En la cultura occidental lamentablemente muchas veces somos lo que tenemos. El paradigma de crecimiento se suele medir en bienes y formación y no tanto en espiritualidad. En cambio, la cultura oriental se basa en el respeto al que más vivió, al que más observó. En mi experiencia, en el final de la vida, los bienes son la tranquilidad de dejar un pedacito de porvenir a los que quedan”.

Por dónde empezar
“Uno se va como puede y no como debe”, asegura Figueroa Dunn. Aunque en general sabemos que nos convendría caminar más livianos por la vida, no siempre es fácil. ¿Un consejo? Empezar de a poco, con algo simple. “Elegir un cajón, una caja, un estante. Tomar un objeto a la vez y hacernos una pregunta: ‘¿Esto sigue representando algo valioso para la vida que tengo hoy?’. Y quizás una segunda pregunta aún más importante: ‘¿Qué quiero dejar como legado cuando ya no esté?’”, reflexiona Krochik.
En la misma línea, Natsume dice que el trabajo no consiste simplemente en deshacerse de objetos, sino en reflexionar sobre qué cosas tienen un verdadero significado y cuáles ya han cumplido su función: “En Japón existe también el concepto de dan-sha-ri, que propone aprender a soltar aquello que ya no necesitamos para quedarnos con lo esencial. Por eso, al ordenar sus pertenencias, muchas personas conservan los objetos que guardan un valor afectivo, familiar o espiritual, y dejan ir aquellos que han permanecido guardados durante años sin un propósito real”.
Hablar de hacer una limpieza antes de la muerte de nuestros padres o de un familiar querido, seguramente esté en esa lista de “charlas difíciles que quisiéramos evitar”, pero tan necesarias para el alma: “Podemos iniciar hablando desde el amor y la comprensión. Desde el corazón”, asegura Figueroa Dunn. Y Krochik suma: “Mi sugerencia es conversar desde la curiosidad y no desde la exigencia. No preguntar ‘¿qué vamos a hacer con todo esto cuando te mueras?’, sino interesarse por las historias detrás de los objetos. Preguntar qué significado tienen, qué les gustaría conservar o regalar. A veces esas conversaciones terminan hablando menos de las cosas y más de la vida”.
Tal vez debamos empezar a entender que ordenar antes de morir no implica deshacerse de todo, ni vivir con desapego extremo, sino asumir una responsabilidad que, de lo contrario, recaerá en otras personas. Y preguntarnos si realmente necesitamos conservar aquello que hace años no usamos, si nuestros hijos sabrán qué hacer con ciertos objetos o si comprenderán la importancia de determinados papeles. En ese sentido, ordenar también es una forma de hacernos cargo de la propia vida hasta el final. Una manera de decirles a los que amamos que, aunque no estemos, seguiremos cuidándolos.
Quizás una de las enseñanzas más valiosas de prácticas como el shūkatsu japonés o el döstädning sueco, sea entender que el amor también se expresa en cuestiones concretas: en dejar las cuentas claras, los documentos a mano, las pertenencias organizadas y las decisiones importantes conversadas. Porque cuando llega el momento de la despedida, cada trámite evitado, cada cajón ordenado y cada objeto que encontró destino a tiempo puede transformarse en un pequeño alivio para quienes quedan. Y en la tranquilidad de tener un espacio sereno para transitar el duelo, mirar al cielo y agradecer.
“A veces pensamos que hablar de estas cosas es hablar de la muerte. Yo creo que, en realidad, es hablar de cuidado. Porque quizás la pregunta más importante no sea qué cosas vamos a dejar cuando ya no estemos, sino qué marca vamos a dejar en quienes amamos”, concluye Krochik.
Por Paz Berri / Revista Sophia




