NOTA DE OPINIÓN

La feroz trinidad, el heredero que nadie vio venir

Indios, hispanos y romanos en uno: el imperio de la destreza y la gloria.

Sociedad 19/07/2026 Hora: 11:42
La feroz trinidad, el heredero que nadie vio venir
La feroz trinidad, el heredero que nadie vio venir

Por Eduardo D. Mata *

 

Quien solo observe la epopeya de la Selección con ojos puramente deportivos se estará perdiendo el verdadero fenómeno. Detrás del roce físico y de la mística de un resultado, late un misterio cultural que excede los límites de una cancha: la activación de un hilo genético invisible que nos conecta con las raíces de imperios pasados y con el fuego de nuestras propias gestas soberanas.

Pocos saben que hubo una cuota parte de héroes silenciosos en el corazón malvinero de los jugadores de la Selección, que les dio el plus que todos vimos en la cancha este glorioso miércoles. Todos lo vimos, nadie lo niega. El técnico inglés no es tonto ni cobarde. Es fácil creer eso; es lo que surge a simple vista. La realidad es otra: luego de un primer tiempo que se caracterizó por la fricción y el "marcado de territorio", como los rounds de estudio en el boxeo, ellos salieron con todas las ganas a llevarse el partido —como se han llevado tantas cosas a lo largo de 250 años en todo el planeta— y lograron conquistar el 1 a 0. Fue un cachetazo, como el de 1833. Solo que esta vez, en lugar de encontrar un contexto de tipo "rosista-centralista", casi sin "marina de guerra" para hacer respetar lo nuestro y propenso a las conveniencias particulares antes que al resguardo de "lo argentino", se toparon con un contexto sanmartiniano: formados bajo un liderazgo ejemplar cuya nobleza obliga, generoso y sinérgico, desprendidos de apetencias personales, solo con hambre de gloria, pensando en sus hijos y amigos, con otra voluntad, otra actitud y con el "cuchillo entre los dientes".

Ese cachetazo, ese gol, activó lo preparado. Activó el espíritu latente; activó los cuarenta y cuatro años de lucha malvinera encarnada por veteranos, patriotas, periodistas, historiadores, poetas, músicos, artistas y maestros; por los padres y abuelos que se encargaron de contarles a los niños y jóvenes que hubo una gesta, que hubo héroes, que el espíritu sanmartiniano y el de sus granaderos estuvo en Malvinas. Eso explica por qué no se fueron de las Islas cuando supieron que la tercera flota más poderosa del mundo venía a por ellos. Se aferraron al terreno y cumplieron su sagrado juramento. Y eso explica, también, la garra y fiereza que se vio en el juego y que sorprendió al mundo. ¡Oh, juremos con gloria morir! Nunca se cantó tan fuerte.

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Lo vimos todos: apareció el indio rebelde, templado en la formación hispánica y movilizado bajo la organización italiana. ¿Esto existe? Sí, solo en Argentina; en ningún otro rincón del planeta se da esa convergencia y de ese modo.

Cuando un portaestandarte eleva nuestra bandera, sostiene una herencia invisible pero implacable: los colores borbónicos de la historia, el sol inca de lo originario de esta tierra y la falange táctica italiana del orden y del esfuerzo, representado en su mástil de roble. Los tres unidos, no en partes: conviven en una simbiosis perfecta, todo en uno y en cada uno. No hay país en el mundo con esa misma integración profunda, y se nota. Los tres imperios se unen en algo nuevo, diferente, único.

Este domingo, 19 de Julio de 2026, ante España, aquel viejo pacto de familia borbónico se va a romper —felizmente, solo en un juego—, pero se va a romper. Los mejores herederos de tanta gloria van a enfrentar a su propio origen, desafiando a la matriz histórica para culminar la gestación de una identidad nueva. Una que maduró en sus propios "saltos cuánticos" culturales y sociales —1810, 1816, 1853, 1982 y 2022, entre varios más— como quien busca ser otro sin traicionar su esencia. La raíz es la misma, pero hoy pelea por su identidad, por su auténtica independencia, por su propia grandeza y por sus hijos; al fin del día, es el sentido natural de la vida.

Los ingleses no retrocedieron el miércoles por cobardes ni por un error táctico de su líder; retrocedieron porque los argentinos se hicieron fuertes y no tuvieron opción. De eso estamos hablando: de ser fuertes individual y colectivamente para que el que se le atreva retroceda, y también para consolidar nuestra propia esencia, logrando que, de ese modo, el centro del mundo hispano nos reconozca únicos y definitivamente independientes.

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Una vez más, no es solo un partido de fútbol; será el espejo de nuestra emancipación definitiva.

Sin duda, ganará la hispanidad, pero en el juego, solo una de ellas habrá completado su propio camino.

Mi corazón querrá que sea la del portaestandarte Malvinero. Indios, hispanos y romanos, la feroz trinidad, más un celta irlandés: el portaestandarte llegado de Donabate, no tan lejos de Foxford.

 

Nota escrita por *Prof. Ing. Eduardo D. Mata
Presidente C.E.S.O.B.

 

 

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