La salud, un territorio en disputa

No pueden existir cuerpos sanos en territorios enfermos, dice Damián Verzeñassi, director del Instituto Nacional de Salud Socioambiental de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), en Argentina. Durante casi una década, este especialista en Medicina Legal coordinó los llamados campamentos sanitarios, un trabajo de extensión que los estudiantes debían realizar al final de la carrera.

Salud 24/08/2022 . Hora: 14:35
Imagen: Allan McDonald- Rel UITA
Imagen: Allan McDonald- Rel UITA

La iniciativa se llevó a cabo en localidades rurales de menos de 10.000 habitantes, en su gran mayoría ubicadas en provincias donde la soja manda (Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos) y donde sus habitantes son habitualmente fumigados con agrotóxicos sin miramientos.

Más de 40 fueron los campamentos realizados entre 2010 y 2019 por estudiantes que recorrían las casas de los pobladores recabando datos sanitarios para poder tratar mejor a gente que enfermaba de cáncer o de patologías dermatológicas, respiratorias, endócrinas, neurológicas en mucho mayor grado que en el resto del país.

“Ya no nos morimos de viejos”, cuenta Verzeñassi que decían los vecinos a los equipos universitarios que los visitaban.

La experiencia terminó abruptamente en 2019, cuando la Facultad de Ciencias Médicas de la UNR acabó cediendo a presiones de políticos locales y nacionales, grandes empresarios agrícolas, laboratorios.

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No sólo a presiones fueron sensibles. También a intereses propios. Directivos del Laboratorio de Toxicología de la facultad trabajaban para la cámara que reúne a las empresas comercializadoras de agrotóxicos.

 

Buenas noticias

Aquel 2019 a Verzeñassi le privaron de la posibilidad de dar clases y cuatro integrantes de su equipo fueron despedidos.

La Rel entrevistó al médico, integrante también de la Asociación Latinoamericana de Medicina Social y de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza de América Latina, a su paso por Uruguay, a fines de julio.

Verzeñassi había llegado a Montevideo invitado por la Sociedad Uruguaya de Medicina Familiar y Comunitaria (Sumefac) para ofrecer charlas y talleres, fundamentalmente sobre la experiencia de los campamentos sanitarios, y para iniciar un curso en la Facultad de Medicina de la Universidad de la República (Udelar).

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El Grupo de Salud y Ambiente de la Sumefac trabaja actualmente entre los arroceros del departamento de Rocha, afectados por enfermedades similares a las que padecen los habitantes de los pueblos fumigados al otro lado del río Uruguay.

“Somos parte del mismo modelo productivo, un modelo que envenena cuerpos, alimentos y territorios y solo favorece a las transnacionales”, dijo Verzeñassi.

Y remarcó la “gran noticia” que supone que la universidad pública uruguaya sea coorganizadora de un curso de salud socioambiental o que el Sindicato Médico haya ofrecido su sede montevideana para un encuentro en el que participaron profesionales de la salud pero también “productores, apicultores, vecinas y vecinos, víctimas de los agronegocios”.

“Quedó evidenciada la necesidad de que estos diálogos sean asumidos por la comunidad” médica, algo no tan común teniendo en cuenta que hace ya muchas décadas que la ciencia se ha “mercenarizado”, dijo a La Rel.

“En los intercambios fue contundente el acuerdo respecto a la importancia de contar con alimentos de verdad (sanos, seguros, soberanos), para recuperar la salud (de cada uno y de las comunidades que constituimos), y de políticas que acompañen a quienes producen sin venenos, sin contaminar, sin dañar”.

 

Un oxímoron

Para el argentino, el concepto habitual de “trabajadores y trabajadoras de la salud” es muy restringido.

“Trabajamos por la salud muchas más personas que los profesionales del sector. En realidad, el primer trabajador de la salud no está en los hospitales o en las guardias de emergencia sino en el lugar donde se produce el alimento, en quienes meten la mano en la tierra y garantizan que éste pueda llegar a asegurar nuestro ciclo vital”, dice.

“Deberíamos formar a los médicos en esa concepción, que toma en cuenta las dimensiones sociales y ambientales. Decirles por ejemplo que la vida necesita diversidad, tiempo y territorio y que un cuerpo sano en un territorio enfermo es una contradicción en sí misma, un oxímoron. Pero no se hace”.

Verzeñassi destaca que la cultura del campo sanitario reproduce los mecanismos del modelo. “A veces los colegas que están en el territorio no ven estos problemas, y otras son partícipes necesarios, porque el médico es el dueño del campo o porque trabaja, de una forma u otra, para el dueño del campo”.

 

Geopolítica de la enfermedad

“Hay una geopolítica de la enfermedad”, apunta el especialista argentino.

Cuando hacia fines de la década de los sesenta en los países del norte enriquecido se dieron cuenta que el modelo productivo que habían seguido desde el fin de la segunda guerra mundial los estaba enfermando y que había industrias y actividades particularmente responsables de ese estado de cosas decidieron trasladarlas al sur global.

Necesitaban garantizarse “afuera” el fácil acceso a tierras fértiles y a agua en abundancia para instalar esas industrias y también dotar a esos países de las infraestructuras necesarias en saneamiento, transporte, comunicaciones, energía como para poder operar a sus anchas.

Hicieron metódicos planes y pusieron a trabajar a las instituciones multilaterales de crédito (FMI, Banco Mundial, BID) en esa dirección.

África estaba desangrada, pero América Latina ofrecía lo necesario.

Sin embargo, los territorios latinoamericanos presentaban el problema, en aquellos años sesenta y setenta, de contar con fuertes movimientos sociales, universidades que formaban gente dotada de pensamiento crítico y, en algunos países, con gobiernos populares o nacionalistas que planteaban resistencia.

Liquidar todos esos focos era un imperativo, y lo hicieron. Otro imperativo: endeudar a los países “de manera que no tuvieran ninguna capacidad de autonomía”. También lo hicieron.

 

Depredación planificada

Y pusieron en marcha en los países latinoamericanos una revolución productiva, una “nueva configuración socioeconómica y política cuidadosamente diseñada”, liderada por industrias extractivistas que le sacaron el jugo a todo: a la tierra, al agua, a los propios cuerpos.

La instauración de este modelo productivo depredador, observa Verzeñassi, se hizo con la complicidad de las élites locales, y años después contó con la aquiescencia de hecho de sectores y gobiernos progresistas, que no cuestionaron la raíz del modelo. A veces pretendieron atenuar sus efectos, pero no cambiarlo.

“Los resultados los vemos en el estado sanitario de nuestras poblaciones, en el ambiente, y también en los productos que consumimos y exportamos, que ya no pueden ser considerados realmente como alimentos”.

“De los países del Río de la Plata se decía, a principios del siglo XX, que éramos los graneros del mundo porque efectivamente producíamos vacas y granos. Pero ahora ya no son aquellas vacas y aquellos granos, sino elementos que no tienen las propiedades nutricionales y ni siquiera las características físico-químicas de los alimentos”.

“Estamos teniendo a nuestros niños destruidos inmunológicamente pro no haber podido incorporar a su dieta un alimento de verdad, porque hasta la leche materna está contaminada con químicos por estas tierras”.

Pasó por allí la “transgenización”, la “monsantización” del mundo, que tuvo en América Latina uno de sus picos altos.

 

El viejo truco

En 2016 Verzeñassi fue el único científico latinoamericano que testificó en el tribunal internacional que juzgó en La Haya a Monsanto, la transnacional que patentó el Roundup, uno de los agrotóxicos más vendidos en todo el mundo, a base de glifosato.

Surgido de la sociedad civil, el tribunal terminó condenando a la empresa hoy propiedad de Bayer por ecocidio y violaciones a los derechos humanos de las personas y las comunidades que contaminó.

Verzeñassi se alegra de que últimamente, sobre todo en Estados Unidos, los tribunales estén condenando a víctimas de los estragos producidos por los venenos fabricados por Monsanto, Bayer y otras transnacionales del sector.

“Son agricultores que se contaminaron antes que los nuestros. Por lo menos hoy los están indemnizando”, dice.

Pero esos juicios vienen con trampa: Monsanto no ha sido condenada por envenenar sino por no haber advertido que el Roundup y afines eran venenos. Es posible deducir de este tipo de sentencias que si lo hubieran advertido, nada les hubiera pasado.

“Por un lado está bueno que ya ni siquiera se ponga en discusión por parte de estos jueces que no se está ante productos ‘fitosanitarios’ sino ante tóxicos. En eso nos están dando la razón, y aquellos tiempos en que nos podían acusar de ser ecoterroristas o mentir han quedado definitivamente atrás”, subraya el argentino.

“Nos decían: el mundo tiene hambre y hay que darle de comer y la única manera de hacerlo es con este paquete tecnológico, como antes nos habían dicho que la ‘revolución verde’ era la solución para el hambre. Se probó que ambas cosas eran falsas: no disminuyó el hambre −más bien lo contrario− y enfermamos”.

Pero la cosa ahora es, en lo inmediato, desterrar definitivamente este tipo de productos.

En Europa están prohibiendo que se los venda allí, pero no su fabricación y su exportación. “Se enriquecen vendiéndonos venenos y nos trasladan a nosotros los costos. El viejo truco de la geopolítica de la enfermedad”.

 

 

(www.rel-uita.org/)

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